Publicado originalmente en De Acero nº1 Etapa III en enero de 2026
En el desarrollo de nuestra labor política nos hemos encontrado con acusaciones de indefinición por parte de quienes creen que, al no encajar en la dicotomía de izquierda y derecha, carecemos de una definición clara de nuestra ideología.
Esa dicotomía, de origen burgués, nace en la Revolución francesa y ha ido evolucionando hasta perder buena parte de su sentido. A día de hoy, izquierda y derecha defienden en muchos casos los mismos intereses. Además, esta división ya no refleja la realidad política ni sirve para realizar un análisis serio de la política actual.
Antes de desglosar las posiciones generales de la izquierda y de la derecha española —aunque muchas de estas conclusiones son extrapolables a la mayoría de países de Occidente—, es necesario señalar qué somos. El rechazo que generamos en algunos sectores no se debe, como ya hemos dicho, a una indefinición, sino a que no encajamos en sus visiones simples y limitadas del espacio político. Nuestra definición, sin embargo, es clara.
Somos un movimiento amplio —nuestra condición de partido responde a un imperativo legal—, patriota y revolucionario, compuesto por quienes recogen lo mejor de las luchas y experiencias del movimiento obrero y revolucionario, combinándolo con el amor a su patria: la defensa de su identidad, su cultura y su historia.
Para algunos seremos reaccionarios por defender nuestra patria; para otros, ultraizquierdistas por defender la lucha obrera y la búsqueda de un Gobierno en el que los trabajadores tengan el poder real. Pero no somos ni una cosa ni la otra: somos revolucionarios y somos patriotas.
Quien quiera profundizar sobre estos conceptos cuenta con una larga serie de artículos y libros que explican, desde un punto de vista teórico y en profundidad, todas nuestras posiciones. No engañamos a nadie, algo que no se puede decir de quienes solo siguen paquetes ideológicos ridículos y sin utilidad alguna para España o para los trabajadores.
La izquierda española, aunque no se merece ese adjetivo, incluyendo aquí a los grupúsculos autodenominados comunistas, ha dejado de defender la lucha de clases y la revolución. No en todos los casos, pero sí en los más relevantes. Ha aceptado y promovido los dictados del gran capital, que ha pasado a disfrazarse bajo un supuesto rostro progresista, ocultando bajo formas más amables la oscuridad de la peor reacción.
Este proceso tiene su punto álgido en el Mayo del 68 francés, cuando el sujeto revolucionario pasa, para ellos, de la clase obrera a las minorías, comenzando por la estudiantil. Con el paso del tiempo, el obrero blanco pasó en Europa de ser el sostén del cambio revolucionario a convertirse en un machista cishetero patriarcal, una especie de cromañón que debía deconstruirse.
La familia pasó a ser presentada como el centro del mal y la natalidad como algo incluso mal visto. De la búsqueda de la insurrección y de la toma del poder político por parte de los obreros se pasó a cuestiones absurdas, siendo una de las peores que ya no sepan ni qué es ser una mujer: ahora, en vez de una realidad material, sería, según ellos, un sentimiento.
La decadencia de la sociedad es absoluta, y ellos tienen gran parte de la culpa. Destaca aquí el papel lamentable que ha tenido el feminismo con todas sus ramificaciones.
La nueva izquierda se ha convertido en defensora de todas las causas promovidas por el gran capital. Ha hecho de la militancia política un seguimiento absurdo de todas las modas transgresoras y, en el plano estético, “revolucionarias” o progresistas, que solo blindan los intereses de los poderosos. Las consecuencias de estas apuestas políticas siempre las pagan los mismos: los trabajadores.
Esta tendencia ha convertido a la nueva izquierda en la punta de lanza para la destrucción de Occidente, contribuyendo de forma activa a la implantación del consumo transgresor, el aislamiento del individuo y la destrucción de cualquier identidad colectiva que pueda poner freno a esta debacle internacional.
Hace décadas luchaban contra el imperialismo norteamericano; hoy contribuyen a propagar el veneno del cosmopolitismo, de la cultura del consumo transgresor y, por extensión, de la defensa férrea de sus intereses económicos por todo el mundo.
En España, los antiguos sindicatos de clase se han convertido en siervos del poder. Viven de subvenciones y han eliminado incluso de sus programas cualquier reivindicación revolucionaria. No son más que un ariete de los partidos de izquierdas al servicio del gran capital. Son los principales agentes de desorganización de las masas y solo activan sus engranajes cuando sus amos les ordenan moverse para defender intereses ajenos y antitéticos a los de los obreros.
Estas organizaciones también han pasado de ser patriotas a defender el nihilismo nacional y a los enemigos del país, muchos de los cuales han acabado formando parte de sus filas.
La identidad española se ha convertido en un obstáculo para sus planes de llevar a cabo una tabula rasa en Occidente y aumentar el control social del que ya disponen. Por ello, apuestan por un cosmopolitismo radical que ataque uno de los pilares de nuestra sociedad.
Todo lo que sirva para vertebrar nuestra identidad será atacado con vehemencia en el ámbito en que se desarrolle. Les da igual que sea en colegios, institutos, universidades, medios de comunicación, campañas publicitarias, cine o literatura. Si no vas en su línea de pensamiento, irán a por ti y te tacharán de fascista o algo peor.
Estos ataques enfervorecidos de la nueva izquierda se concentran, además de contra la identidad nacional, contra la identidad de clase, la religión cristiana, la historia y la familia. Quieren destruir todo lo que nutre y estructura lo que somos.
La única identidad colectiva permitida —aunque ni siquiera lo sea realmente— es la denominada globalista, que en realidad solo busca la individualización y el desarraigo para que nada ni nadie pueda oponerse a sus designios e intereses espurios.
Además, es necesario reseñar otra apuesta política de la nueva izquierda especialmente destructiva para Occidente: la islamofilia que han adoptado en su odio ciego hacia lo cristiano. Para luchar, en teoría, contra un oscurantismo religioso inexistente en Europa occidental, han apostado por blanquear y facilitar la expansión del peor oscurantismo religioso que pueda existir en nuestro continente: el del islam.
Además, señalan, persiguen y criminalizan por islamófobo a cualquiera que sea mínimamente crítico con esta religión, mientras ellos pueden vejar y hacer lo que quieran con el cristianismo, que, guste o no, es culturalmente lo que somos en Occidente.
Mientras en la URSS se hacían campañas para quemar velos en plazas públicas, la nueva izquierda realiza cazas de brujas contra todo aquel que no quiera que Europa se convierta en Eurabia.
El espacio político de esta izquierda desclasada y antipatriota no es el nuestro. De hecho, en la labor sindical actúan de la mano de la empresa, y no son pocos los casos en que debemos luchar contra ambos de forma enconada, siendo los delegados de UGT y CC. OO. más vehementes en su oposición al trabajador que el propio empresario.
No hay otro camino que el de la confrontación. Es cierto que podemos coincidir en espacios como el sindical o en movimientos sociales, pero siempre será para combatirlos, pues sus posiciones políticas son oportunistas y solo buscan desvirtuar las luchas, extirpar todo lo que puedan tener de revolucionario y redirigirlas en su propio provecho, que no es otro que el de los grandes capitalistas.
Es curioso observar cómo hablan de la financiación del capital a la derecha, cuando ellos tienen a empresarios como Soros en el plano internacional, o a Roures, Botín y Pablo Iglesias en el plano nacional. El apoyo económico de la izquierda y de la derecha es parejo en cuanto a financiación internacional del gran capital.
La derecha no tiene un papel mejor que la izquierda. Su espacio sigue siendo una escena política al servicio del gran capital. Detrás de unos y otros están los intereses de los mismos. No es la primera vez que grandes fundaciones meten dinero en ambos lugares. Ellos siempre ganan, da igual quién venza nominalmente en unas elecciones. Ellos ganan y nosotros, los trabajadores, perdemos.
Aquí es necesario referirse, más que a partidos como el Partido Popular —del que ya está todo más que claro—, a una nueva oleada de derecha algo diferente, al menos en las formas, aunque en el contenido no varíe tanto como quieren hacer pensar.
La nueva derecha populista gana enteros en toda Europa, y también en países como Estados Unidos, ante la inacción de los partidos tradicionales frente al cosmopolitismo, la indefensión de las fronteras, la inmigración masiva y el islamismo. Pero esto no quiere decir que estén dando una salida óptima para los trabajadores a esta crisis. No son más que la otra cara de la moneda.
En algunos países, como España, son el partido muleta de la derecha clásica, del PP. En otros, donde incluso han llegado al poder, no cumplen sus promesas de resolver los problemas candentes. Solo toman ciertas medidas insuficientes de cara a la galería, sin perjudicar a quienes les han puesto el dinero para llegar a donde están.
Defienden los intereses de los poderosos. Son la reacción más clásica —en comparación con la que representa la izquierda actual—, pero en esencia su existencia garantiza el mantenimiento de la dominación actual. No quieren ir más allá. Solo quieren volver, en apariencia, a otros tiempos en los que los trabajadores, aunque en mejor situación que ahora —pues los métodos de dominación también se profesionalizan—, no dejaban de estar en una situación bastante mejorable.
Su patriotismo es retórico. Cuando llega el momento de gobernar en coalición o de cobrar sueldos del Estado, este se reduce a algo discursivo. Si no es así, ¿por qué han guardado silencio en España cuando Trump ha actuado contra intereses nacionales? Son patriotas solo cuando les conviene para sacar votos; cuando no les conviene, hacen lo que sea con tal de seguir medrando.
El caso español es de lo más claro al respecto. A VOX le interesa más quedar bien con Donald Trump y con Israel, y entrar al Gobierno central con el PP —igual de culpable de la situación actual que el PSOE—, que defender los intereses reales de los españoles.
Es necesario hacer una pregunta para que todo quede más claro: si tan patriotas son y les da igual ser políticamente incorrectos, ¿por qué nunca han criticado a Mohamed VI y a la dictadura marroquí? Son el principal enemigo de España a nivel geopolítico. ¿Por qué no lo hacen?
Está claro que por intereses políticos y económicos, y por servilismo a Felipe VI, un monarca inútil defensor de la Agenda 2030 que está, en las propias palabras de VOX, matando a España. Es solo un ejemplo más de lo que son en realidad. Ningún cambio sustancial va a venir de ellos ni de su espacio político.
Un espacio que tampoco es el nuestro. Podemos coincidir en marchas contra el Gobierno falsamente llamado progresista o en cuestiones a favor de nuestra identidad, pero no son los nuestros. También debemos confrontar su patriotismo de boquilla, reaccionario, y encaminarnos hacia otros espacios más productivos para nuestros intereses.
Sobre otros grupos de la derecha radical no es necesario decir que no tenemos ni queremos tener nada que ver. La reacción, y en especial el fascismo, son nuestros enemigos irreconciliables. Aunque ahora estén en horas bajas, puede llegar un momento en que resurjan, y nosotros estaremos ahí para combatirlos.
Somos plenamente conscientes de que, si ellos avanzaran y triunfaran, acabaríamos en un campo de concentración, en el mejor de los casos. El fascismo es la ruina de los trabajadores y debe ser combatido.
Después de exponer de forma concisa nuestra visión sobre las escenas políticas de la izquierda y de la derecha, debemos finalizar este artículo con la visión de cuál debe ser nuestro espacio político. Y sí, como ya supondréis, debemos construir uno propio.
No hay otra opción que lleve a resultados diferentes. Un tercer camino alejado de las izquierdas y de las derechas burguesas, cuyo objetivo sea llegar a la gente normal, a la gente humilde, a los trabajadores, y defender sus intereses a todos los niveles.
En un mundo en el que la ideología es la etiqueta que te ponen otros, debemos ser claros en nuestras posiciones y apuestas prácticas. Ante la inmundicia decadente que nos ha tocado vivir, no podemos seguir la corriente de lo establecido. Debemos luchar y trabajar por construir algo nuevo, algo diferente, que sea de utilidad para España y para los trabajadores.
Será una tarea difícil, pues la tendencia natural en nuestra sociedad, con la polarización existente, es encuadrarte en la izquierda o en la derecha. Pero debemos perseverar en nuestro trabajo de hormiga, que poco a poco nos permitirá acumular fuerzas para hacer realidad nuestros planteamientos.
Será difícil, pero lo conseguiremos.