La clase obrera y la revolución en España

Publicado originalmente en De Acero nº1 Etapa II en marzo de 2022

SOBRE EL “SUJETO POLÍTICO” Y EL POSMODERNISMO IDEOLÓGICO

El posmodernismo ideológico se ha convertido en la nueva reacción, la nueva manera que tiene la burguesía de dilapidar desde dentro del movimiento obrero todo lo que pueda llegar a ser revolucionario.

Este hecho, constatable en cualquier organización obrera o incluso de índole “social”, parece pasar desapercibido para muchos de los que se autodenominan revolucionarios. Sin embargo, combatirlo es una de las tareas más prioritarias para delimitar quiénes están a favor de la transformación social y quiénes no son más que oportunistas sin principios.

Este nuevo revisionismo ha tratado de reformular todos los conceptos ligados a un análisis científico de la realidad para sustituirlos por sentimientos y dogmas de fe incapaces de transformar nada.

Uno de los ejes centrales de esta revisión ha sido crear confusión en torno al llamado “sujeto político”, un concepto que trataremos en este artículo, ya que sirve a los voceros del posmodernismo como caballo de Troya para atentar contra cualquier atisbo de visión objetiva de la realidad.

EL SUJETO POLÍTICO Y EL MARXISMO

En primer lugar, hablemos del sujeto político en sí. No es poco habitual ver a numerosos portavoces de la nueva ola posmoderna hablar de cosas como “el nuevo sujeto político de la izquierda” o “el cambio del sujeto político”, dando a esta palabra un sentido que nada tiene que ver con la realidad.

Pero ¿a qué se refieren exactamente?

Este concepto puede definir realidades muy distintas, principalmente según la perspectiva, científica o no, desde la que se plantee. En términos generales, el sujeto político suele definirse como el agente social llamado a ser el protagonista de un cambio o proceso político concreto, el grupo al que una ideología se dirige con la intención de convertirlo en su principal “portador” dentro de la sociedad.

Dependiendo de quién lo use, y para qué, puede hacer referencia a un grupo o a un individuo, a grupos totalmente contrapuestos, puede estar ligado a las condiciones materiales o puede limitarse al ámbito de las “ideas y los sentimientos”.

Nosotros apostamos por una visión materialista de las cosas, ligada a la realidad material y a sus leyes. Está claro que el sujeto político variará en función de los objetivos concretos, de la posición social que ocupe y del lugar histórico que represente la ideología que trate de definirlo. Asimismo, será determinante que estas corrientes de pensamiento tengan un papel reaccionario o progresista en la sociedad.

Solo una visión materialista, científica, puede abordar esta cuestión, como ya lo hizo el marxismo y la teoría de la lucha de clases.

Cuando Marx y Engels hablaron de la clase obrera como la clase llamada a sepultar el capitalismo, les precedía un análisis certero del desarrollo de la historia de la humanidad, y una crítica sagaz a todos los intentos en vano de explicar el desarrollo humano en base a “ideas eternas y absolutas”, algo recuperado a lo grande por el posmodernismo actual.

Ellos descubrieron el carácter determinante de la lucha de clases en la sociedad, la importancia de la posición económica de los individuos respecto a los medios de producción, su pertenencia a una clase u otra, la cual determina sus intereses y su potencial revolucionario.

Definieron a la clase obrera como el único grupo social capacitado por sus condiciones materiales para llevar hasta las últimas consecuencias la lucha por sepultar el sistema capitalista debido a su posición antagónica con la burguesía.

Es decir, debido a sus condiciones materiales, en un sistema con contradicciones cada vez más agudas y que debía ser sustituido por unas relaciones sociales de producción nuevas: las del socialismo.

Como podemos ver, su análisis no partía de ningún sentimentalismo absurdo, tampoco de ninguna “escala de opresiones” o de un identitarismo basado en la “autopercepción” o la “interseccionalidad”. Si se quiere hablar de sujeto político, de nada vale partir de los sentimientos o de la moral religiosa.

Nadie discute hoy en día, por ejemplo, el papel revolucionario que tuvo la burguesía en la Revolución francesa, así como su papel reaccionario tras la conquista del Estado y los inicios del movimiento obrero. Incluso la historiografía más reaccionaria no puede negar que fueron las condiciones materiales de esa clase las que le permitieron liderar este proceso revolucionario.

No fue así en el caso de los campesinos, que, a pesar de formar el grueso social de las revoluciones liberales y sufrir los peores efectos del Antiguo Régimen, junto con otras clases como el proletariado en conformación, no podían cumplir ese papel de liderazgo en las primeras revoluciones democrático-burguesas.

Fue el desarrollo de la historia y de la lucha de clases lo que cambiaría las tornas más adelante.

La burguesía, que había prometido el cielo, tras conquistar su papel dominante, no solo continuaría oprimiendo a estas clases, sino que ni siquiera cumpliría hasta el final con sus demandas. Se aliaría con elementos más viejos de la sociedad con tal de conservar sus privilegios recién conseguidos, agotando así su potencial revolucionario.

Lo mismo ocurre con las revoluciones socialistas.

¿Qué permitió triunfar, por ejemplo, a la Revolución de Octubre? El papel hegemónico de la clase obrera, que se convertiría en el jefe político de la gran mayoría de masas oprimidas. Las condiciones materiales, tanto objetivas como subjetivas, de esta clase —que explicaremos más adelante— la dotarían de la capacidad de liderar este proceso, que acabaría implantando el socialismo en Rusia y aboliendo la explotación del hombre por el hombre.

Todas estas experiencias no son otra cosa que la demostración de la certeza del análisis marxista de la lucha de clases y del desarrollo social.

Pero ¿qué propone el posmodernismo en contraposición a todo esto?

EL NUEVO “SUJETO POLÍTICO” DEL POSMODERNISMO

El posmodernismo trata de separar la idea de la materia, reducir todo a lo subjetivo, incluido el sujeto político. Para ellos, todo este análisis previo es algo supérfluo, “del pasado”.

Ya nos hemos acostumbrado a ver a portavoces de esta nueva ideología discutir sobre la existencia o no de la clase obrera, y sobre si la existencia de esta clase tiene hoy en día importancia para la política actual.

Un buen ejemplo de esto sería Podemos, que en su fundación ya decidió sepultar cualquier cosa relacionada con la lucha de clases para sustituirla por la lucha de los ciudadanos contra la “casta”. Con el tiempo, para poder adaptarse a la nueva ola posmoderna, han acabado cambiando esta contradicción y han comenzado a hablar de la revolución de las minorías étnicas o sexuales o de las mujeres en general.

En el desarrollo lógico de su oportunismo, finalmente también han abandonado esta idea, negando el sexo biológico y la existencia del sexo femenino, en concordancia con la teoría queer.

Como vemos, el posmodernismo ideológico ha dado un paso más allá de la socialdemocracia clásica. Aunque de facto no siempre niega explícitamente la contradicción capital-trabajo, que es la principal, la meten en el mismo saco con un número infinito de contradicciones “igual de importantes”, consiguiendo que ninguna de ellas sea determinante y se enfrenten unas con otras.

Plantean todas estas “luchas” —blancos contra negros, hombres contra mujeres, heterosexuales contra homosexuales, viejos contra jóvenes, etc.— con una fachada antagónica, un marco absurdo en el que cualquier grupo puede convertirse en ese “sujeto político”, y en el que siempre cabrá la posibilidad de que exista un grupo más oprimido al que trasladar la contradicción principal y otorgarle así un papel antagonista para con el resto de la sociedad.

Al planteamiento de “si eres proletario, tu enemigo es el burgués”, le sigue “si eres negro, tu enemigo es el blanco”, “si eres homosexual, tu enemigo es el heterosexual”, “si eres vegano, tu enemigo son los que comen carne”… Un todos contra todos en toda regla, con un claro trasfondo reaccionario.

Esta confusión proviene de una visión profundamente idealista e individualista, que en vez de fijarse en las condiciones materiales parte de la subjetividad más absurda, y tiene como resultado la desmovilización y la decadencia.

Esto nos lleva a un escenario realmente preocupante, en el que el individuo lo es “todo”, y los trabajadores ven cómo se derrumban todas sus conquistas históricas sin resistencia alguna.

El posmodernismo no solo ha conseguido borrar del imaginario colectivo la lucha de clases, sino la simple idea de que un grupo social pueda protagonizar una revolución que cambie las cosas, ya que su revolución está “en cada uno”, y no implica la transformación de nada.

Cuando Antonio Maestre se permite el lujo de decir que este papel dirigente ahora se encuentra en los movimientos ecologistas y el feminismo “no trans-excluyente” [1], o en una niña trans de 10 años, es porque él no ve la posibilidad real de una revolución que sepulte el sistema actual.

Más bien al contrario, cree firmemente en que el capitalismo puede y debe reformarse, para convertirse en un capitalismo cómodo para todos los grupos “oprimidos”, algo totalmente imposible.

EL PAPEL REVOLUCIONARIO DE LA CLASE OBRERA

La posmodernidad ha sustituido lo colectivo por lo individual, lo material por lo ideal, para sepultar cualquier tipo de revolución y que todo siga igual.

Pero ¿cómo sabemos que el proletariado sigue siendo ese grupo llamado a liderar la revolución?

Veamos cómo respondía Lenin de manera precisa a esta pregunta en El Estado y la revolución:

“El derrocamiento de la dominación de la burguesía sólo puede llevarlo a cabo el proletariado, como clase especial cuyas condiciones económicas de existencia le preparan para ese derrocamiento y le dan posibilidades y fuerzas para efectuarlo. Mientras la burguesía desune y dispersa a los campesinos y a todas las capas pequeñoburguesas, cohesiona, une y organiza al proletariado. Sólo el proletariado —en virtud de su papel económico en la gran producción— es capaz de ser el jefe de todas las masas trabajadoras y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía explota, esclaviza y oprime no menos, sino más que a los proletarios, pero que no son capaces de luchar por su cuenta para alcanzar su propia liberación” [2].

Como vemos, Lenin no nos habla de ninguna escala de opresiones —si un posmoderno despertase en la Rusia zarista, le faltarían hojas de papel para todas las “opresiones”—, ni parte de los sentimientos o la “autopercepción” de ningún grupo. La primera afirmación parte de la realidad material.

Solo el proletariado, cada vez más cohesionado en la producción —ligado directamente a esta última, y cada vez más empobrecido, privado de la riqueza que él mismo crea—, en contraposición al resto de clases en continua disgregación, puede llegar a convertirse en el jefe político de todas las masas trabajadoras y explotadas.

Incluso clases o grupos sociales más oprimidos y esclavizados deben andar a la sombra del proletariado, porque ellas mismas no tienen las condiciones propicias para liberarse de sus cadenas.

¿Siguen dándose estas condiciones? ¿Acaso existe otro grupo social con mejores condiciones para protagonizar un proceso revolucionario? ¿Siguen existiendo, siquiera, las figuras del obrero y del burgués?

Si entendemos que la pertenencia a una clase o a otra la determina tu posición respecto a los medios de producción, es decir, si eres propietario de estos o no, solo podemos afirmar que hoy ambas clases forman el grueso económico y social de cualquier país.

Las clases o grupos vestigiales de los anteriores modos de producción se integran todos los días en ambas, y en la mayoría de países avanzados ya lo han hecho de manera absoluta.

Hoy en día la clase obrera es la clase mayoritaria a nivel mundial [3]. Es la clase que, incluso en este momento de desmovilización social, sigue demostrando capacidad para organizarse y encabezar luchas en todo el mundo.

Las contradicciones entre clases siguen determinando la vida social y política en cada rincón del planeta, y todos los intentos por borrar esta diferencia fundamental se dejan ver como meras fantasías cuando llega una crisis o un problema nacional.

¿Existen capas entre estas dos clases principales? Existen, por ejemplo, capas empobrecidas dentro de la burguesía, como la pequeña burguesía. Mientras tanto, la oligarquía financiera constituye el estrato más poderoso.

Igualmente, existen capas más depauperadas en el proletariado, como el lumpenproletariado, o con mayores privilegios, como la aristocracia obrera. Las capas intermedias también acaban en las filas de una u otra clase principal en momentos críticos.

La idea de que ya no existen los obreros porque hay asalariados que “cobran mucho” o “como un burgués” —como los CEO, aunque en la mayoría absoluta de casos son propietarios de acciones de la propia empresa [4]— es un absurdo, ya que esta élite representa una minoría tanto en España como a nivel mundial, en comparación con la mayoría de trabajadores.

Sin ir más lejos, en un país avanzado como el nuestro, solo un tercio de los asalariados cobra más de dos veces el salario mínimo [5], y no olvidemos los efectos devastadores del aumento del IPC estos últimos años.

Además, como ya vimos en la crisis, y como tendencia general también, la salarización ascendente de la población es una constante [6], mientras que el peso de los autónomos es cada vez menor en la población activa.

El proletariado no solo es la clase privada de la misma riqueza que crea, sino que además no posee los medios de producción. Es decir, es la que no tiene nada que perder salvo sus cadenas, al contrario que, por ejemplo, la pequeña burguesía.

No solo eso, sino que coincide con más trabajadores en su puesto de trabajo, con los que aprende los beneficios de la organización, la disciplina y la jerarquía. Ninguna otra clase social comparte estas condiciones de existencia especiales, que dotan a los obreros de una capacidad revolucionaria demostrada en todas las experiencias revolucionarias del siglo pasado y también en la actualidad.

En España, es cierto que el proceso de desindustrialización ha llevado a la desaparición de plantas industriales donde se concentraban cada vez más obreros. Estas plantas ahora se encuentran o en los países dominantes dentro de la Unión Europea —Alemania o Francia— o, en la mayoría de casos, en países en vías de desarrollo, como India, Marruecos, o incluso China, a pesar de su desarrollo particular como gran potencia.

La industria no desaparece, ni tampoco la clase obrera industrial.

Además, aunque la clase obrera pueda disgregarse en centros de trabajo con menor presencia de obreros, es un hecho que todos estos centros se concentran cada vez más en manos de las mismas empresas, que deciden el futuro de millones de trabajadores en todo el mundo.

Veamos el caso español.

Se nos dice que el obrero de mono azul ya es un mito, que la clase obrera ha perdido su capacidad transformadora y que este papel ahora deben asumirlo las minorías, el ecologismo o el feminismo.

En primer lugar, aunque es cierto que el número de trabajadores industriales en España ha disminuido, no han dejado de existir, ni mucho menos representan una minoría respecto a los “sujetos políticos” propuestos por los progres, grupos que en muchos casos no alcanzan ni el 1% de la población. Además, los trabajadores asalariados en general representan la clase más mayoritaria en nuestro país, cuyo número asciende año tras año.

En segundo lugar, sería un absurdo asegurar que los obreros industriales han perdido “toda su capacidad transformadora”, teniendo en cuenta las decenas de conflictos protagonizados por trabajadores organizados en defensa de sus puestos de trabajo que han abierto telediarios durante los últimos años, incluida la reciente huelga del metal en Cádiz.

Estos obreros siguen siendo un ejemplo de resistencia que, sin embargo, no encontramos en las “luchas” posmodernas, patrocinadas por grandes empresas, sin movilización ni mucho menos confrontación con el Estado.

Y es que, para analizar la capacidad transformadora de un colectivo, ¿no deberíamos fijarnos en estos elementos? ¿O es suficiente que en Twitter mucha gente ponga el mismo hashtag para que una lucha se considere trascendente de algún modo?

LAS “CONQUISTAS” DEL POSMODERNISMO

¿Qué ha conseguido realmente el feminismo hegemónico centrándose en la mujer en abstracto como el sujeto político y ahora negando incluso la existencia de la misma? ¿Se ha solucionado de alguna manera la desigualdad sufrida por la gran mayoría de mujeres, las mujeres trabajadoras? ¿O se ha legitimado la explotación capitalista con el rostro de la mujer empoderada?

¿La lucha por las minorías, por ejemplo étnicas, ha conseguido solucionar los problemas de la inmigración y la integración en España? ¿O promueve la disgregación y la división de los trabajadores en base a su origen?

La historia del nuevo sujeto político posmoderno es la historia de la desmovilización, del abandono de la lucha de clases y del abrazo fraterno con la clase dominante.

¿Será porque en la clase dominante también hay mujeres, persones racializades, identidades queer, gente que recicla y no come carne, por lo que hay que ser solidarios con ella?

La clase obrera española, a pesar de la destrucción del movimiento obrero, del papel desmovilizador de Podemos y de los grandes sindicatos, sigue en la actualidad demostrando tener potencial para estar en primera fila de batalla. Por ello, es tan necesario recuperar no solo la visión de clase, sino también la visión revolucionaria en la lucha, que el posmodernismo tanto intenta desvirtuar.

Si nuestro objetivo es conquistar una sociedad distinta, enterrar este sistema capitalista que sigue cargando su fracaso en los hombros de los trabajadores, ¿cuál es el camino a seguir?

Por un lado, encontramos la propuesta posmoderna: la performance individual, la autodeterminación de cada uno, relativizar todo con base en la visión más subjetiva… una revolución en “nuestra cabeza”.

Si miramos atrás en la historia, o en el plano internacional si se quiere, veremos que no es posible cambiar las cosas sin organización, sin combatividad, sin movilización de masas, desde huelgas a luchas políticas por la toma del poder y, sobre todo, sin una dirección férrea ligada a los intereses de las masas, es decir, sin el Partido Comunista.

¿Qué clase social sino el proletariado, productora de la riqueza nacional, conocedora de los beneficios de la organización, la disciplina y la lucha, y cada vez más numerosa en España, va a poder encabezar las luchas decisivas por un cambio en nuestro país?


CONCLUSIÓN

Es cierto que hay sectores en la actualidad que sufren más los efectos del capitalismo que el proletariado. El caso más visible es el del lumpenproletariado, una capa descompuesta, de personas desligadas de la producción y marginadas en la sociedad.

¿Puede esta capa social, disgregada, separada de la vida económica y social, emprender la tarea de convertirse en el jefe político del resto de masas trabajadoras? La historia y el escenario actual indican todo lo contrario.

Igual de absurdo sería creer que la revolución en España vendrá de manos de la pequeña burguesía más arruinada, con miedo a perder los pocos medios de producción con los que cuenta y cuyos individuos se relacionan entre ellos a través de la competencia y la disgregación.

Ya ni hablemos de grupos minoritarios, que no representan ni el 1% de la población, o compuestos por miembros de la clase dominante, que ante todo buscan el máximo beneficio.

Solo la clase obrera presenta objetivamente unas condiciones óptimas para cumplir ese papel, dan igual las modas y lo políticamente correcto. El culto al lumpenproletariado y a las minorías al que nos tienen acostumbrados los progres no es sino la nueva manera de ocultar y desvirtuar la lucha de clases.

La revolución de las minorías o el individuo es un despropósito más relacionado con la búsqueda de votos y la supervivencia de una izquierda electoral débil que con verdaderas perspectivas transformadoras.

Además, este empeño por atomizar el sujeto político sirve para que todos seamos “buenos y malos”, con lo que se acaba justificando el reformismo más complaciente y cómodo para la burguesía.

Ahora luchar por el socialismo ya no es “tan importante”. Es más, es hasta reaccionario, porque se olvida de las mil y una opresiones inventadas por estos teóricos de postín.

La lucha de clases sigue siendo en nuestros días la lucha principal, la cual engloba una serie de luchas legítimas, con capacidad transformadora, que deben servir a la revolución, y no enfrentarse entre ellas en beneficio del posmodernismo y el capitalismo.

Existen luchas parciales que sí tienen un potencial revolucionario. Existen grupos y minorías que tienen reivindicaciones legítimas, que coinciden con los intereses del proletariado de sepultar el capitalismo.

Pero solo la hegemonía del proletariado puede garantizar que estas luchas sirvan a algo más que a sí mismas, así como desechar los elementos reaccionarios y posmodernos que infectan todo lo que algún día pudo ser revolucionario.

Sin una organización obrera fuerte, capaz de integrar estas luchas y plantar cara a la dictadura de lo políticamente correcto, no se puede hablar de revolución en España.

Sin la clase obrera organizada, no hay garantía alguna de futuro.


REFERENCIAS

[1] Antonio Maestre, «El sujeto político revolucionario es una niña trans», El Diario, 4 de julio de 2020. Disponible en: https://www.eldiario.es/opinion/zona-critica/sujeto-politico-revolucionario-nina-trans_129_6081601.html.

[2] Vladimir Ilich Lenin, El Estado y la revolución. Universidad Obrera, 2020. Disponible en: https://universidadobrerablog.files.wordpress.com/2020/02/el-estado-y-la-revolucic3b3n.pdf.

[3] Banco Mundial, «Trabajadores asalariados (empleados), total (% del empleo total)», 1991-2019. Disponible en: https://datos.bancomundial.org/indicator/SL.EMP.WORK.ZS.

[4] Ignacio Garay, «¿Qué participación tienen en sus propias empresas los altos ejecutivos del Ibex?», Finect, 30 de julio de 2018. Disponible en: https://www.finect.com/usuario/Chirene97/articulos/que-participacion-empresas-altos-ejecutivos-ibex.

[5] Redacción, «Los trabajadores que más cobran en España: 3.152,5 euros brutos al mes», Las Provincias, 1 de diciembre de 2021. Disponible en: https://www.lasprovincias.es/economia/salario-medio-espana-20211201095607-nt.html.

[6] INE, «Tasas de salarización por sexo y rama de actividad», 2008-2021. Madrid. Disponible en: https://www.ine.es/jaxiT3/Tabla.htm?t=4203&L=0.